Confinamiento

El café sabe amargo en mi taza de Winnie The Pooh. Podría haberle echado más azúcar, pero quiero que esté así, amargo. Cercano a como es en realidad. Cuando te vas haciendo mayor disfrutas más las cosas amargas. Las cosas que te traen un sabor a la boca menos dulce. Parece que disfrutas más de los matices menos camuflados de la existencia. Son más reales.

Figura 1: Confinamiento

El café sabe amargo, ya os lo he dicho. Podría haber elegido una taza de café "normal", pero entonces no cabría tanto. Y no quiero vivir la vida a sorbos. Y tampoco soy de pensar que solo hay una forma de hacer las cosas de manera “normal”. Nunca lo he sido. Me gusta pensar que eso no es ser hacker. También podría haber sacado una taza de Star Wars, de las grandes, pero esas son de mi colección.

Me apego a recuerdos. A mis pequeñas cosas que cuando las miro con la realidad aumentada de mi mirada están llenas de historias vivas que danzan frente a mis ojos. En 3D. Con música envolvente. Son casa. Son refugio. Me gusta alejarme un poco de ellos para crear nuevos recuerdos. Solo un poco. Para volver a disfrutarlos más. Y los objetos y recuerdos que vienen conmigo son yo. Son parte de mí, fueran dulces o amargos.

El café sabe amargo, pero no es intenso. Me gusta americano. Largo de agua. Aguachirri. Como lo pido siempre cuando quiero café. Sin leche. Largo como mi jornada laboral. Largo y amargo. Largo como mi pasado. Largo, espero, como mi futuro. Para sentir la experiencia durante más tiempo. Solo un poco más. Nada dura para siempre salvo en la memoria donde el tiempo se pliega. Como en la película esa de "Origen". Un sueño dentro de otro. Recursivo como los algoritmos. No se acaba. Ni lo dulce ni lo amargo. Pero el sabor del café es amargo. Y no quiero vestirlo de algo dulcificado echando mucha azúcar. Un poco para hacerlo más llevadero, puede, pero no mucho más maquillaje. Quiero sentir las cosas como son. Que duelan si tienen que doler. Que amarguen si tienen que amargar.

Mis ojos ya no son lo que eran. Están más cansaditos. Empiezan a pedir tregua de tanta lectura. De tantas letras en pantallas. De tantos mensajes que releí. De tantas y tantas hojas luchando contra mis párpados. De mi cerebro ávido por captar más de todo lo que se ve y lo que no se ve. De tantas luces en aventuras galácticas. Series de superhéroes. O de zombies que decoran el paisaje o antihéroes que van a acabar mal porque toman malas decisiones constantemente intentando avanzar. O porque la serie ya comenzó en un psiquiátrico como declaración de intenciones de lo que nos esperaba por delante.

Mis ojos ya no son lo que eran. Me piden ayuda. Mis ojos. Y se la doy a dosis pequeñas. No quiero que se acomoden. Aún no. Quiero que peleen por descifrar el mundo con sus propias herramientas. Pero de vez en cuando los consuelo. Les echo un poco de azúcar. Dejo que se acunen sobre el cristal de unas lupas de lectura. Para que aguanten más. Para que me descifren el mundo unos minutos más antes de caer rendido en la negrura de la noche.

El día es gris. Igual que ayer. Igual que el otro domingo que hizo buen día. Lo veo desde aquí. Mi sitio es el mismo que llevo ocupando durante este último mes y algo. Un rincón de la existencia con una ventana por la que veo solo un poquito del mundo analógico cuando mi foco se relaja. Solo una esquina de la vida. Por la que miro mientras me amargo mi paladar con el sabor del café. Con las gafas puestas para leer esa presentación con números y letras pequeñitas. Es mi vida. Casi enteramente mi vida es esto ahora.

El día es grande. O será que yo me siento pequeño. Como seguro que te sientes tú. Porque es como si me escondiera. Me siento un poco azul. No. No lo tomes mal. No me disgusta el color. Ni el gris ni el azul. La vida no es solo sol. La vida no es solo color amarillo. No solo luz. El azul es bonito también. Me gusta su olor. Su tacto. Y acurrucarme un rato con una de mis muchas bolitas azules. Esas que tengo en la estantería. Cojo una un rato. Me abrazo a ella. Retozo en mi sofá acurrucándola. O mirando al cielo con mi taza de Winnie The Pooh.

Mi cerebro vuela. Por el cielo. Sé que pronto saldré a jugar con las bolas amarillas. Sé que volveré a salir al parque a jugar con mis amigos. A gritar. A dar abrazos y besos. A ver un partido de fútbol. A ir a escuchar a los poetas rasgar sus guitarras. A sudar. A escuchar los gritos. A pegar los chillidos. A destrozar las canciones por no saber cantar. A mezclar el rojo con el amarillo. A mezclar el amarillo con el azul. A trepar por el monte con mi bicicleta cual motivado. A escuchar la música mientras vagabundeo en soledad por el mundo. Ese al que solo viajo yo. Por otros países. A irme a retozar con Morfeo sin tener que pelear por ello. Correr a sus brazos sin hacer cola en la frontera.

Mis palabras se amontonan. Están ahí. Guardadas. Para ti. Para las cenas. Para las charlas. Para las confesiones. Para los reencuentros. Para cuando las quieras oír. Para cuando las puedas escuchar de mi voz. Para que no sea algo digitalizado. Para que sea el sonido que emito con mis cuerdas vocales directamente. Ese que conecta directo con el motor de mi cuerpo. Ese que escribe cosas que nadie lee. Que nadie escucha. Que nadie le dicta. El inventor de los sentimientos. El pintor de las bolitas.

Mis caricias te extrañan. En los confines de mis dedos. Las noto palpitar cuando golpeo con suavidad las teclas de mi teclado. Cuando escribo algo para nadie. Pidiendo salir. Pidiendo espacio para ellas. Para que no duelan los dedos al final del día por el repiquetear constante. Para que el cansancio no sea solo mecánico sino también cuántico. Para que los dedos se muevan como olas al compás de dunas de ese desierto inmenso en soledad que queda por recorrer. Una vez más. Lentas. Eléctricas. Quemando. Como un calambre que sube por mis antebrazos y enciende el tatuaje imaginario de las llamas que nunca me hice.

La vida sigue escribiendo grietas en mi cara con tinta indeleble. En los surcos de mi piel. Donde guardo lo importante. Las risas. Los recuerdos. Los anhelos. Los planes inconclusos. Los conclusos. Con todos los metadatos. Con los recuerdos que he querido convertir en yo. En casa. Lo mejor de historia, de física y química. De arte. O incluso de filosofía sobre la vida que iba a tener pero que nunca tuve.

Mi pasado se perdió en este futuro. Porque de los mil caminos del multiverso el premio cayó en otra línea temporal. Porque la banda cambió el setlist por el camino. Porque fallé el pie de una estrofa. Porque no afinamos la canción en el mismo tempo. O porque mi diapasón se rompió por usarlo tanto a tanta velocidad. Y cada día puedo leerlos con más intensidad. Cuando me miro al espejo. Las canciones que salieron al final para el elepé son las que tengo escritas en mis arrugas. Pero aún me queda discografía que componer. Ouh, yeah!

Mis huesos me gritan. Cuando subo o bajo una escalera. Cuando recuerdo los golpes en la cadera al caerme de los patines. Cuando me levanto de la silla para preguntarle al sol qué hora es. Cuando pienso en todas las veces que necesito caerme aún. Cuando me veo volando sobre una tabla. Cuando recuerdo la negrura que viene tras la rampa. Cuando me despierto de la oscuridad y me están cosiendo la cabeza. Con sangre en los ojos. Cuando pienso en que el dolor no existe cuando el golpe es suficiente certero como para abrirte la cabeza. Y te quedas en calma para siempre. Mis huesos malvados me gritan. A veces bajito. Otras como lo hago yo cuando necesito quemar energía. O echar fuera todo.

Mi alma no te ve. No sabe donde estás. No sabe dónde te escondes. Donde se mete la gente cuando se acaba la conferencia. Donde te vas cuando acabo mi charla. Cuando me quito el gorro. Cuando ya no tengo el micrófono conectado. Cuando las fotos se acabaron. Donde estas ahora que mi mundo es este café amargo. Esta ventana analógica al mundo. Este sorbo tan pequeño de lo que es vivir. Donde todos los recuerdos bonitos de este confinamiento son solo terciopelo.

Mi televisión llora. Cuando da las noticias. Cuando dan números y números. Curvas. Gráficas. Tendencias. Nunca pensé que las matemáticas pudieran ser tan dolorosas. Cuando yo me presentaba a subir nota en matemáticas si sacaba menos de un notable. Y tengo que limpiar la pantalla con un pañuelo. Porque si no limpias las lágrimas se enraízan y ya no salen como el rocío. Y se congelan. Y el hielo corta los órganos blandos del interior. Los que están cerca de tu corazón.

Solo queda batirse. Y resistir. Y volver al mundo que está ahí fuera. Al círculo de tus brazos. Al calor de esa botella de vino. A abrazar a mi mamá con fuerza. A celebrar los cumpleaños, los santos, los acontecimientos que nos hemos saltado. A caerse al suelo y hacerse una herida en la rodilla tropezándose al correr lejos, muy lejos. A abollar el mundo saltando. A tumbarse exhausto al descender de la bicicleta por el calor, y meterse en una fuente para refrescarse del calor. A sentir cómo se te cuartea la piel con el aire y el sol de la montaña. A bucear buscando peces en mar. A chocar unas cervezas al aire con unos amigos en la barbacoa.

Saludos Malignos!

Autor: Chema Alonso (Contactar con Chema Alonso)



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