Un Día Cualquiera. Desde Un Lugar Cualquiera. A Cualquier Hora.

Escribir se convirtió en un placer. Me gusta. Me hace sentir bien. Me sire de terapia personal esconder cosas entre las letras. A veces no es para eso. A veces es para guardar con cariño los detalles de una vida que ya se tornó larga. Una que hace ya tiempo que curvó el espacio por culpa de la intensidad. Que me llevó a rebotar de un rincón a otro de mi casa. Esta en la que no se pone el sol. Ni por las noches, cuando intento no ver más, y tengo que abrir un libro para ver por los ojos de otro.

Figura 1: Un día cualquiera. Desde un lugar cualquiera. A cualquier hora.

Escribir es un placer, y lo hago muchas veces en secreto. Se queda entre mis ficheros. Escondido. Escondido para ti. Escondido hasta para mí. No los guardo con mimo. Los dejo tirados por el jardín. Como un huevo de Pascua que puede que encuentre algún día. O no. Y cuando aparece alguno, lo releo con fruición. Busco los secretos que escondí. Lo que pensaba cuando plasmé esa instantánea de mi mente a través de mis manos. Esas que fueron creadas para trabajar con ellas, pero que son torpes manipulando objetos con masa.

Muchos textos los tengo presentes en mi hipotálamo. Son historias intimas. Cosas que he vivido ficticiamente en mi cabeza. Pero sobre un hecho real. Como decía Isabel Allende - de la que es imposible no enamorarse cuando la escuchas-, la realidad no se ordena hasta que la escribes. Y una vez escrita es lo real. Lo que pasó. Y es lo que tú has vivido dentro. Eso es. Lo que has sentido, más las cosas que han pasado en eso que llaman mundo real. Todas ellas se ordenan en un texto con tintes de fantasía pero son lo que realmente ocurrió. Porque así lo viviste tú. Porque solo lo que llega dentro de uno es lo que es. 

La vida no es una política de contraseñas, en la que tienes que poner lo que te mandan. Una mayúscula. Una minúscula. Un número. No es verdad. Yo no quiero nada minúsculo. Ni solo poner un número para mí. La vida es lo que quieras que sea tú. Lo que vivas dentro de ti. Y yo lo vivo cuando lo escribo. Y escribo sobre todo ello.

Tengo textos de cómo ha sido cualquier despertar en un día cualquiera. Es un tesoro. Me encantan los textos de despertares. Aquí he escrito alguna historia de ellos. Ficticia. Pero la he vivido yo. Pero tengo muchos despertares escritos no publicados. Momentos que empiezan con un "suena el despertador" o un "abro los ojos"...o "me caigo de la cama", que eso también me pasa. El despertar es uno de mis momentos más intensos porque paso de cero a cien en minutos. Porque paso de no saber dónde estoy cuando abro un ojo a trazar un plan completo de toda la jornada. Y correr. Correr por el mundo. Y cuando los escribo, los vivo más.

Pero escribir no solo me hace ordenar mi vida. También me marca el paso de la misma. La auto impuesta disciplina de levantarme y publicar un artículo en Un informático en el lado del mal me ha hecho aprender, conocer, investigar, escuchar y crecer. Tener que escribir sobre una noticia de actualidad o sobre el trabajo de algún compañero que quiere publicar un post en este blog, me obliga a aprender, a escuchar, a meter alimentos en mi cerebro. Que se mezclan en el potaje de ingredientes que tengo allí cocinándose ya y genera reacciones químicas más poderosas que la más poderosa de las drogas. 

Escribir también es una forma de gritar. Una forma de disparar. Una forma de suplicar. Una forma de mandar. Una forma de gobernar. Una forma de amar. Una forma de odiar. Una forma de sentir a través de las terminaciones nerviosas de las yemas de los dedos. Que acarician las teclas para llevar eso que viene desde el cerebro. O desde el corazón. O desde las mismas entrañas ardientes. De rabia. De pasión. De anhelo. De liberación. 

Y no os creáis que con el tiempo se ha hecho más sencillo. Al contrario. Cuando miro mis entradas en el blog y veo que ésta es la número 5.000, me da más vertigo. Siento que mis posts del pasado, los inocentes del principio, los sesudos del medio, los emotivos escondidos y los que no publiqué por miedo, me observan desde la posición que les di en mi estantería virtual. El año, el mes, y el día, en el que hice clic en publicar. Una vez más. Una 5.000 vez más. 

Figura 2: Entradas en "Un informático en el lado del mal"

Pero lo hago. Y lo vuelvo a hacer. Un día cualquiera. Desde un lugar cualquiera. A cualquier hora. Lo hago. Porque no sé vivir sin escribir. Porque me hace vivir más. Porque explicar mi vida sin escribirla sería difícil. Porque vivir sin escribir es como estar en una playa y no pisar la arena. No dejar tu huella en la inmensidad. Un huella pequeña. Difusa. Que se va a perder enseguida. Pero no en mi memoria.

Esa huella, como ese texto que escribí hace años, está siempre para mí. Está impregnado de mí, y está vivo. Lo sigo viviendo. Aunque hable de guerras que ya no humean. De noticias que se volvieron históricas cuando antes eran actualidad. O simplemente porque habla de cosas que han cambiado en mi vida. Pero si lo he escrito. Está en mí para siempre. Así que sí. Voy a seguir pisando la arena. Un poco más, mamá. No quiero dejar de jugar por ahora. No quiero ir al cole.

Saludos Malignos!

Via: www.elladodelmal.com
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